Agricultura y futuro
El campo mira 30 años adelante: cómo producir sin agotar el suelo
A tres décadas de la consolidación de la siembra directa, el nuevo desafío no es solamente sumar tecnología. Investigadores y productores buscan diseñar sistemas capaces de aprovechar mejor el agua, conservar nutrientes y mantener activas las raíces durante más tiempo.
¿Cómo puede la agricultura argentina seguir produciendo durante las próximas décadas sin deteriorar el recurso del que depende? El INTA puso esa pregunta en el centro de una jornada técnica por el Día de la Agricultura y publicó sus conclusiones este 9 de septiembre.
El encuentro reunió a Nicolás Bronzovich, presidente del organismo, y al especialista estadounidense Dwayne Beck, profesor emérito de la Universidad Estatal de Dakota del Sur y referente del campo experimental Dakota Lakes. La conversación comparó dos grandes regiones agrícolas con rasgos comunes: las praderas de Dakota del Sur y la Pampa argentina.
La siembra directa fue un cambio, no el final del camino
La adopción de la siembra directa redujo la remoción frecuente del suelo y ayudó a conservar su estructura y cobertura. Sin embargo, el planteo presentado por el INTA señala que evitar la labranza es apenas una parte de un sistema más amplio.
Cuando un lote mantiene pocos cultivos y largos períodos sin raíces activas, parte de los procesos naturales queda interrumpida. Por eso, la siguiente etapa propone combinar la ausencia de labranza con rotaciones más diversas, cultivos de cobertura y decisiones que contemplen el funcionamiento completo del ambiente.
Cuatro procesos que ocurren al mismo tiempo
Beck resume el diseño del sistema en cuatro procesos: agua, energía solar, nutrientes y biología. Gestionar el agua significa favorecer su infiltración, reducir el escurrimiento y almacenarla en un suelo con buena estructura. La energía llega mediante la fotosíntesis y se transforma en biomasa y materia orgánica.
El balance de nutrientes obliga a considerar lo que cada cosecha extrae y cómo puede reponerse. La biología reúne microorganismos, hongos, insectos y raíces que participan en la descomposición, el ciclado de nutrientes y la estabilidad del suelo.
La clave es que estas dimensiones no funcionan por separado. Una rotación cambia el calendario de raíces, la cobertura modifica la temperatura y la evaporación, y la materia orgánica influye en la capacidad de retener agua.
Por qué importa la diversidad de cultivos
Las experiencias de largo plazo en Dakota Lakes incluyen trigo, maíz, sorgo, girasol, canola y legumbres. El objetivo no es sumar especies por variedad estética, sino distribuir el crecimiento a lo largo del año y combinar raíces, residuos y demandas diferentes.
Una investigación de la Universidad Estatal de Dakota del Sur sobre tres décadas de manejo sin labranza encontró diferencias entre rotaciones en propiedades físicas, químicas y biológicas del suelo. Las secuencias con diversidad media o alta y una proporción suficiente de cultivos que dejan residuos mostraron mejores indicadores de calidad sin resignar rendimiento.
Las raíces también gestionan el agua
Un suelo cubierto y con actividad vegetal durante más meses puede captar mejor las lluvias y reducir pérdidas por evaporación o escurrimiento. Las raíces crean conductos, alimentan organismos y aportan carbono. Con el tiempo, esos procesos pueden mejorar la infiltración y la estabilidad de los agregados del suelo.
Eso no convierte a los cultivos de cobertura en una receta automática. En regiones con déficit hídrico, su elección y momento de siembra deben considerar la humedad disponible, las lluvias esperadas y el cultivo siguiente. El diseño necesita datos locales y ajustes según cada lote.
Plagas y compactación vistas como síntomas
El enfoque sistémico también cambia la forma de interpretar problemas. Malezas, enfermedades, insectos o dificultades de infiltración pueden revelar falta de diversidad, interrupciones biológicas o una estructura deteriorada. Resolver sólo el síntoma puede ofrecer alivio inmediato sin modificar la causa.
En Dakota Lakes, la combinación de rotaciones y manejo biológico permitió reducir determinadas intervenciones. Pero trasladar una experiencia a otra región exige ensayos, seguimiento y evaluación económica: el clima, los suelos, los mercados y la disponibilidad de maquinaria no son iguales.
Datos para decidir, no una fórmula universal
Diseñar un sistema productivo requiere observar humedad, cobertura, materia orgánica, rendimiento, costos y evolución de plagas. Es un problema de múltiples variables donde una decisión mejora un indicador y puede generar una tensión en otro.
Los ensayos de largo plazo resultan especialmente valiosos porque algunos cambios del suelo tardan años en hacerse visibles. Universidades, organismos de investigación y productores aportan escalas complementarias: mediciones científicas, continuidad experimental y experiencia operativa.
Producir hoy sin hipotecar mañana
El mensaje del INTA no plantea abandonar la productividad. Propone medirla también en el tiempo. Un sistema que obtiene un buen resultado durante una campaña, pero pierde estructura, nutrientes o capacidad de infiltrar agua, puede trasladar costos hacia los años siguientes.
La pregunta por los próximos 30 años obliga a mirar más allá de una tecnología aislada. Diversidad de cultivos, raíces activas, cobertura, balance de nutrientes e integración con otras actividades forman un conjunto de decisiones que busca sostener la producción y la capacidad del suelo para seguir respondiendo.
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